Por Julián Andrade, publicado en La Razón
Cinco periodistas desaparecidos en Reynosa es una historia que suena fuerte. En teoría habla de una descomposición inmensa y acaso incontrolable. Son rasgos claros de ingobernabilidad.
Desde hace unas semanas la información está en las redes sociales, en algunos diarios y en las organizaciones para la protección de los periodistas. Varias ongs y la CNDH han pedido que las autoridades intervengan.
Algo llamó la atención desde el principio: ¿dónde están los nombres de los colegas desaparecidos? ¿Hay denuncias? ¿Qué dicen sus familiares? ¿No tienen amigos? ¿Qué dicen los medios donde laboraban?
La nota de David Vela, aquí, en La Razón, aclara que no hay denuncia alguna y que la Procuraduría General de la República no tiene noticia de que algo así hubiera ocurrido.
Es probable que reporteros desaparecidos no existan y que se trate de una información que surgió en un estado que enfrenta una situación por demás delicada y en el que el crimen ha impuesto, en no pocas ocasiones, su ley a la propia prensa.
Lo que sí está confirmado por la Procuraduría tamaulipeca es la desaparición del reportero Miguel Ángel Domínguez, del diario Mañana, un hecho, por lo demás, espeluznate.
En Reynosa hay un enfrentamiento entre dos bandas de narcotraficantes que hasta hace algunos meses permanecieron unidas. Los Zetas rompieron con el cártel del Golfo y la tranquilidad, establecida por los propios criminales, se convirtió en una guerra abierta.
En ese escenario brumoso es en el que surgió la historia de los cinco desaparecidos.
En temas así, el cuidado de la información es muy importante. Hay que recordar que el principal obstáculo para la libertad de expresión, en algunas regiones del país, es el crimen organizado.
Es como el cuento de Pedro y el lobo, donde las mentiras pueden provocar que a la hora de la verdad y donde existen amenazas concretas ya no se cuente ni con las ganas ni con la convicción suficiente para hacer algo al respecto.
Puede ser, sería muy raro, aunque no imposible, que estemos ante un escenario de terror mayor al que ahora hemos conocido, donde nadie se atreve a decir los nombres de los ausentes.
La verdad es que no creo que esto sea así y más vale que la verdad se conozca pronto. El periodismo en Reynosa ya está sujeto a presiones muy grandes y la mejor ayuda que puede dársele es la de análisis precisos.
Quienes trabajan en la frontera merecen el máximo de los respetos, porque ahí se juegan literalmente el pellejo todos los días. Muchos editores, fotógrafos y reporteros han sido amenazados.
Historias verdaderas, y terribles, hay muchas, y pegan sin duda en el corazón de la prensa mexicana. Por eso, entre otras cosas, es mejor la rudeza de la verdad, cualquiera que sea.
julian.andrade@razon.com.mx