Por Héctor Aguilar Camín, publicado en Milenio
Esta es la historia de un reportero de Chihuahua que empezó a recibir llamadas del narco. Casuales y respetuosas primero, confianzudas y exigentes después.
Le pedían ayuda para pelear contra “los de enfrente”, el cártel rival, al que apoyaban las autoridades. Le ofrecieron dinero y luego droga.
Picado por el gusano profesional del periodismo, que es la curiosidad, el reportero siguió contestando el teléfono a sus interlocutores.
La familiaridad trae desprecio, dice un dicho inglés. La familiaridad telefónica con el narco trae confianza y se vuelve exigencia.
Al principio, los no buscados interlocutores se dirigen al reportero como “licenciado” o “patrón”. Quieren ayuda en su pelea desigual. Un día le anticipan: han matado a unos rivales aquí y allá, y quieren que no se publique nada sobre los muchachos que hicieron la tarea. Sigue leyendo