Diego y la verdad sospechosa
Por José Cárdenas, publicado en El Universal
El sábado 27, a las 4:16 de la mañana difundí en Twitter: “Diego, Libre y Sano”. A las 4:24: “Confirmado: Diego está sano y salvo”. No lo inventé. Usé un mensaje publicado a las 3:52 en el sitio web de EL UNIVERSAL. El diario citaba como fuente a un sobrino del político. Creo en mi periódico. No confirmé la nota. En el acelere escribí, a las 4:30: “Diego, ya nos contarás cómo es el infierno”. Pero algo no me latió. Ningún otro portal periodístico había seguido la nota. ¿Mezquindad? A las 5:20 de la mañana logré contactar con mi “fuente”. La más confiable. La misma que en seis meses nunca me ha mentido. La pregunta fue puntual: ¿Está libre El Jefe? Única respuesta, un monosílabo. Por ello inmediatamente escribí a las 5:22: “Falso… Diego no ha sido liberado”, y reiteré: “Por desgracia la información es falsa. Diego sigue secuestrado”. Fui el primero en aclararlo. Hasta ahora nadie ha desmentido lo informado por mi fuente. Soy honesto, no modesto.
Me queda claro: hay intereses turbios. Mordí el anzuelo. Al final la verdad siempre será sospechosa. Unos destaparán a los otros. ¿Qué intereses hay detrás para que “alguien” filtre “algo” que no es cierto? ¿A quién no le conviene que El Jefe regrese vivo?
Mi fuente precisa que este es un momento “delicadísimo” de la negociación. Que ya habrá momento de explicaciones. Ahora la prioridad es: lograr la libertad de Diego. El secuestro cumple 200 días. Ha sido una dura prueba para familia, amigos, Estado, sociedad y medios.
Esa madrugada de sábado se rompió otro dique. Ahora, ni modo, a tragar camote. A aguantar vara, mientras suena una rapsodia para el funeral de mi credibilidad. Parece que le urge a varios. Vengan, pues, las mentadas. Tuve un error de principiante. Jugué al diletante del twiteo. Primero incumplí las reglas de mi oficio. Cuando enmendé el error, el daño estaba hecho. ¿Cuál fue la ganancia? Ninguna. Me queda bien grabado un onceavo mandamiento del oficio: no twitearás la revelación de tu prójimo. Gracias a los predicadores de la virtud por recordármelo.
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