México-EU: Trabajemos por una cultura de paz
(Académicos del observatorio de medios de la Universidad Iberoamericana: Regina Santiago, Mauricio Meschoulam, Armando Azúa y Gerardo Cárdenas -periodista invitado-).
Hillary en México: El mensaje de las armas
Por Regina Santiago Núñez, académica del Departamento de Comunicación de la Universidad Iberoamericana.
(Este texto fue publicado en Excélsior el domingo 30 de enero, 2011. Ver original)
El lunes 24 de enero en que la secretaria de Estado, Hillary Clinton, visitó México, el lenguaje de las armas había hecho valer nuevamente su fuerza para tratar de dominar el imaginario colectivo.
El domingo anterior, la mayoría de los diarios nacionales destacó en su primera plana una manifestación de fuerza por parte del grupo de los Zetas: El atentado con coche-bomba en el estado de Hidalgo. El mismo lunes de la visita de Clinton, los medios destacaban filtraciones de WikiLeaks que mostraban diversos puntos vulnerables de la cooperación México-EU en la lucha anticrimen. Una de esas filtraciones tuvo especial impacto mediático, la que advertía sobre el poder de los Zetas señalando que militares mexicanos que habían sido entrenados en Estados Unidos fueron luego cooptados por narcotraficantes. Según el cable de la embajada norteamericana filtrado por WikiLeas, la capacitación obtenida entonces, hoy es utilizada en contra de los capacitadores y sus aliados.
Ese lunes 24 de enero, en los mensajes globales del terror, un atentado en el aeropuerto Domondedovo de Moscú, cobró la vida de 35 personas y provocó que el imaginario internacional volteara hacia lo vulnerables que resultan los gobiernos ante este tipo de acciones. Hubo condena unánime al acto y renovados llamados a luchar contra el terrorismo internacional. Tras el atentado hubo una purga interna en las áreas de seguridad del gobierno ruso.
Fue en este contexto –el de las amenazas de las armas– que la secretaria de Estado envió sus mensajes en la conferencia de prensa tras su reunión con su homóloga, la canciller Patricia Espinosa. Después se reuniría en privado con el presidente Calderón, algo que no se había anunciado al difundir la agenda. Los mensajes públicos de Clinton (incluyendo la entrevista con CNN México) subrayaron las expresiones de admiración por Calderón y su exhorto a que la actual administración y el próximo gobierno de México “sin importar del partido que sea”, continúen con la lucha anti-narco. Entre los mensajes de Clinton estuvo también la oferta de 500 millones de dólares como parte de la Iniciativa Mérida para compra de armas, equipo y capacitación.
Para el gobierno de México, la solución no está únicamente en recibir este tipo de ayuda, sino en que Estados Unidos se comprometa a disminuir la demanda y a controlar el comercio ilegal de armas que termina nutriendo a las bandas criminales que asesinan no sólo ciudadanos mexicanos, sino también norteamericanos (ver el caso de la misionera Nancy Jonne David, quien fue asesinada en Tamaulipas, territorio controlado por los Zetas).
En marzo de 2010, tras la visita de Clinton a México en la que también tuvo expresiones de reconocimiento a la estrategia del Presidente Calderón y enfatizó la necesidad de no rendirse ante el acoso del crimen, el mandatario mexicano respondió con un exhorto a que EU atendiera no sólo el problema del consumo de drogas, sino también el del tráfico de armas. Habrá que ver si ahora el presidente de México reitera esa demanda, especialmente tras de que, con el atentado contra la congresista demócrata, Gabrielle Giffords, en Arizona, resurgiera el debate sobre los costos que tiene para la paz interna en EU y para la paz global esa cultura de las armas que está profundamente arraigada en el pensamiento de sectores conservadores norteamericanos (mucho más aceptada por los hombres que por las mujeres) pero que según un estudio de septiembre de 2010 elaborado por el Pew Center, comienza a ser fuertemente cuestionada por los jóvenes.
Excélsior es un medio que ha prestado especial atención al tema. La serie de reportajes que publicó Georgina Olsen publicados en octubre de 2010 documenta la complejidad del asunto. Recordemos el del domingo 24, titulado: Obama solapa el tráfico de armas por temor a votantes. En el sumario se apuntaba: Cárteles mexicanos hacen compras hormiga de AK-47 rusas en ferias de EU, aun cuando su ingreso no está permitido desde 1968.
En su editorial institucional del 27 de enero, The Washington Post criticó fuertemente la decisión del presidente Obama de omitir el tema de los controles de armas de fuego en su informe sobre el Estado de la Unión. Calificó como grave falla esa decisión, a la luz de la matanza en Tucson, donde un hombre que utilizó una pistola automática con un cargador de alta capacidad asesinó a seis personas. (ver Excélsior 27 de enero).
El atentado en Arizona ofreció a algunos académicos y periodistas vinculados con el Observatorio de Medios de la Universidad Iberoamericana la oportunidad de reflexionar sobre la forma en que la cultura de las armas se ha erigido en una barrera para el entendimiento entre políticos, diplomáticos y ciudadanos de ambos países. La paz no es únicamente la ausencia de guerra, subraya en su texto Mauricio Meschoulam. La paz implica la construcción de un nuevo discurso, producto de una actitud y un enfoque diferentes de los que prevalecen en este momento. La construcción de ese nuevo discurso toca no únicamente a los gobiernos, sino a la sociedad en su conjunto. ¿Podremos lograrlo?
La paz y su arquitectura.
Por Mauricio Meschoulam, académico de la Universidad Iberoamericana de los Departamentos de Historia y Relaciones Internacionales.
Para bien o para mal, la paz no es una mercancía que se negocia sino una estructura que se construye. A lo largo de muchos siglos, decenas de autores han intentado esclarecer qué es lo que lleva al ser humano a situaciones de conflicto y cuáles son los mejores mecanismos para evitarlo.
De acuerdo con Galtung (1985), la paz puede ser comprendida, igual que la salud, desde dos ángulos. Uno negativo, en donde ésta equivaldría a la ausencia de violencia, del mismo modo en que salud sería ausencia de enfermedad. En otro sentido, sin embargo, la paz –como la salud- puede tener toda una connotación positiva que tiene que ver con su edificación, el favorecer una serie de entornos que la hacen florecer.
Dentro de estas condiciones, se encuentran sin duda la promoción de factores como la armonía, el respeto y la comunidad, pero también, como explica Alger (1987) en la perspectiva de Paz de raíz, otros aspectos materiales, tales como el desarrollo económico, social, y humano de los pueblos.
Si concebimos, por tanto, la paz en su visión estrecha, bastaría tan solo con generar condiciones entre las partes que permitiesen la ausencia de violencia, quizás firmando pactos o tratados, o bien, atendiendo a incentivos racionales en donde los enemigos optan por la cooperación en lugar del conflicto. En cambio, si ampliamos la mirada, la arquitectura de la paz es mucho más integral y compleja, y abarca desde la atención a la problemática de la pobreza y el subdesarrollo, hasta la manera en cómo representamos a nuestro “otro” en el discurso histórico, mediático o incluso en nuestras conversaciones cotidianas.
La forma en que decidimos pensar la paz, entonces, determinará los caminos que utilizamos para alcanzarla. Lo mismo sucede con la violencia. Si pretendemos explicarla de manera unidireccional y simple, es difícil conseguir no sólo detenerla, sino siquiera comprender sus causas.
A pesar de que las circunstancias en México son específicas, hay ejercicios de construcción de paz efectuados en diversas partes del mundo que pueden ser adaptados a nuestro caso. Estos tradicionalmente consisten en atacar la situación desde diversas trincheras de manera simultánea, normalmente a través de sociedades y gobiernos organizados en torno a estrategias y proyectos. Producir condiciones de crecimiento y desarrollo económico, social, y humano, son siempre indispensables en el largo plazo. Sin embargo, al margen de ello, hay otras posibilidades que se encuentran al alcance de la sociedad civil.
Producir un discurso de paz es un buen punto para comenzar. Esta clase de lenguaje privilegia las soluciones a los problemas. Sin evadirlos, ofrece alternativas cuando todo parece perdido. En el argot de los medios de comunicación, la media peacebuilding (Terzis, 2006) juega un papel crucial en la relativización de la violencia y la contextualización de sus efectos. En lugar de contribuir al pánico y estrés colectivos, promueve, a través de la asesoría de especialistas, la transmisión de herramientas para que las sociedades encuentren mecanismos de recuperación anímica.
Esto incluye la de-centralización de la agenda, es decir, el relato de lo “otro”, la no-violencia, los temas que son igualmente importantes para la sociedad. Más allá del lenguaje, no obstante, se encuentra el fomento de acciones concretas que fortalezcan los lazos y el tejido social. Ello implica el robustecimiento de actividades que promuevan el altruismo y la ayuda, como por ejemplo el trabajo de asistencia y recolección de víveres para comunidades necesitadas. Este tipo de tareas no se llevan a cabo debido al auxilio que puedan proporcionar a los sitios a donde se llega, sino por el beneficio psicológico para el que da, que es producto de sentirse útiles y capaces de ayudar.
Del mismo modo, desarrollar el trabajo colaborativo en los colegios, las universidades o las empresas refuerza los lazos de unión y la visión acerca de la importancia del “otro”. Es en este sentido en el que el impulso a actividades deportivas, principalmente aquellas que privilegian el desempeño en equipo, han sido también utilizadas con éxito en diversos países en la construcción de paz como ha sido ampliamente documentado (Swiss Agency for Development, 2005).
El arte y la música, pueden asimismo fomentar la canalización de emociones y de la capacidad creativa de las sociedades. En otros ámbitos, hay sitios del planeta en los que la atención individual y en grupos de crecimiento anti-estrés promueven estrategias que se conocen como “paz desde dentro” (Calderón, 2010). No hay final. No se trata de elegir entre estas alternativas, sino de sumarlas.
Entendamos: El mayor problema en el caso específico de México es la sensación de impotencia, la percepción de que somos incapaces de actuar frente a lo que percibimos como amenaza a nuestra estabilidad emocional-social. Todo aquello que promueva la sensación opuesta, la del empoderamiento, genera en los individuos la actitud que tanto necesitamos. Mientras no perdamos la otra guerra, la de las percepciones, la que genera actitudes, la paz es aún posible.
La historia de Estados Unidos y la raíz de la cultura de las armas
Por el Dr. Armando F. Azúa García, académico del Departamento de Historia de la Universidad Iberoamericana.
Cuando el pasado 30 de noviembre, el ahora tristemente célebre Jared Lee Loughner, se presentó en una tienda de campismo y cacería para comprar una pistola, no pareció a los dependientes del establecimiento que estuviera por realizar una actividad criminal, peligrosa o fuera de lo común. Por el contrario, la transacción comercial se podía ubicar dentro de una de las tradiciones norteamericanas de mayor arraigo, la legítima posesión de un arma de fuego, garantizada por la propia constitución de los Estados Unidos. Loughner parecía ser un ciudadano promedio que hacía lo que cualquier otro de sus conciudadanos podía hacer, tener una pistola en casa para defenderse.
Para la sociedad norteamericana, tener un arma en casa es algo tan normal que pasa desapercibido y por lo tanto no se cuestiona. En los sucesos que desencadenó la compra de Lougher, es decir, los atentados en el centro comercial Toscana de Tucson, la gran mayoría de los medios, se han centrado en comentar desde la tensión del ambiente político a partir de las recientes campañas electorales, la relación del atentado con el surgimiento del “Tea Party” hasta llegar a cuestionarse sobre el estado mental del agresor.
Si bien todos estos temas son válidos y se relacionan directamente con los eventos de Tucson, solamente en contados casos se ha cuestionado la facilidad con la que una pistola se puede adquirir en aquel país. Análisis similares los hemos observado en los famosos casos de Columbine o el Virginia Tech, sólo por mencionar algunos.
Pero, ¿por qué para el ciudadano norteamericano, tener un arma de fuego en casa resulta tan importante? ¿Por qué el Estado norteamericano, quien supuestamente detenta el monopolio del uso de la fuerza, ha permitido esto? Tendríamos que regresar al mismo origen de los Estados Unidos para entender esta situación. En buena medida, los proyectos coloniales que darían origen al país, fueron proyectos privados, la corona inglesa no tenía los recursos suficientes para patrocinar grandes asentamientos en América, así que recurrió a inversionistas particulares a quienes por medio de concesiones reales les otorgó el derecho de explorar y explotar tierras del nuevo continente, pero bajo el nombre del monarca inglés.
Así, las colonias nacieron como empresas de particulares y en ese sentido, ellos mismos fueron responsables de su autodefensa, así que se levantaron milicias con los propios colonos. Un granjero era al mismo tiempo un miliciano, y como tal, tenían en casa las armas listas para cuando recibieran el llamado del gobierno colonial en alguna emergencia. Durante gran parte del tiempo que las colonias estuvieron vinculadas a la corona la presencia de soldados procedentes de las islas británicas fue mínima y los intentos por crear un ejército británico en América siempre fracasaron.
Curiosamente el primer ejército común a las colonias se conformó a partir de la Revolución Americana (Guerra de Independencia), bajo el mando del general George Washington, quien antes comandó la milicia local de su natal Virginia, pero en realidad esta guerra fue peleada principalmente por las milicias de cada colonia. Al terminar la guerra, el sistema se intentó regularizar, pero la autodefensa continuó como un derecho básico del pueblo norteamericano. La Guerra Civil entre muchos otros temas, también fue resultado de visiones encontradas sobre el poder de los estados frente a la federación.
Hoy en día las antiguas milicias se han transformado en la llamada Guardia Nacional, verdaderos ejércitos estatales, pero el derecho a tener en casa un rifle o una pistola no desapareció, pues cada norteamericano es en última instancia corresponsable de la defensa de los Estados Unidos frente a cualquier amenaza, interna o externa. Además, si bien como se mencionó, las milicias se incorporaron al sistema oficial de defensa, los ciudadanos mantuvieron su derecho para organizarse y autodefenderse, por lo que surgieron una serie de asociaciones que defienden y promueven la preservación de estos derechos y milicias privadas, fuertemente armadas y muy bien organizadas y entrenadas, verdaderas fuerzas militares paralelas a las propias fuerzas del Estado. Dentro de las primeras podemos mencionar a la célebre National Riffle Association y entre las segundas a los Minuteman que vigilan la frontera entre Estados Unidos y México.
Es ahí, en la historia de los Estados Unidos, donde encontramos las causas de la proliferación de armas que han desencadenado una serie de trágicos eventos, dentro de los que el último eslabón es el tiroteo de Tucson con su trágico saldo. Aun así, parece que la sociedad norteamericana está más dispuesta a pagar esa cuota de sangre que a cuestionar uno de los derechos que han definido su propio carácter, y todo aquel político que se atreva a cuestionar el derecho a poseer armas de fuego es inmediatamente cuestionado como “antiamericano”. Justamente esa es parte de la retórica del movimiento ultlraconsesrvador denominado “Tea Party”, que resultó tan exitoso en las elecciones de noviembre de 2010.
Arizona ayer y hoy: los costos sociales de una cultura armamentista
Por Gerardo Cárdenas Figueroa, periodista mexicano, egresado de la carrera de Comunicación de la Universidad Iberoamericana quien radica en Chicago.
Sábado 8 de enero del 2011. Los medios informativos de todo el mundo recogen de inmediato el atentado contra la congresista demócrata Gabrielle Giffords en Tucson, Arizona, en el que murieron seis personas y 18 más resultaron heridas. El acontecimiento sacudió la conciencia de algunos sectores en Estados Unidos y ha puesto en el centro del debate la pregunta de cuáles son los alcances del discurso del odio y si en un país como éste y en un estado como Arizona, donde impera la cultura armamentista, pudiera prosperar un cambio de actitud. La violencia sigue avanzando y los sectores ultraconservadores siguen alimentándola al aferrarse al discurso tradicional.
Diversos factores nos hacen pensar en la extrema dificultad para que haya un cambio de actitud hacia la cultura de las armas. Pocos lugares de Estados Unidos son tan refractarios a una cultura anti-armas como Arizona, y en pocos momentos como el actual ha habido una crispación tan pronunciada en los valores fundamentales del pueblo estadounidense. Aquí, algunas reflexiones:
- Una nación, bajo Dios… La afirmación de los derechos individuales, una cláusula fundamental del protestantismo, es uno de los pilares del surgimiento de Estados Unidos como nación. En esa ideología, el Estado debe ser pequeño, cumplir funciones esenciales, y mantenerse alejado del individuo. Si el Estado no puede garantizar la seguridad pública, recae entonces en el individuo la tarea, a través de las armas (esto queda consagrado en la Segunda Enmienda Constitucional). El postulado tiene sentido en los siglos XVIII y XIX – el territorio es inmenso y peligroso, el Estado no puede darse abasto para garantizar la seguridad de los colonos que se desplazan masivamente hacia el Oeste. El individuo recurre a las armas para proteger sus derechos individuales y su propiedad. Aún si el postulado resultaba ya obsoleto en el siglo XX, y particularmente en el XXI, en el inconsciente colectivo estadounidense estos derechos están por encima de las obligaciones del Estado… a cualquier precio.
- Por mis pistolas. Arizona y Texas son, por excelencia, la encarnación de la última frontera. Aún en el siglo XXI, la frontera entre Arizona y México es la más insegura, la más violenta, de todas las regiones que dividen a ambos países. No son casuales las referencias a Tombstone, Billy the Kid, y al Duelo en el OK Corral, nombres épicos del Viejo Oeste. La cultura anti-armas, que prospera en las grandes metrópolis, es impensable en la bronca frontera de Arizona, donde conviven narcotraficantes, polleros, inmigrantes indocumentados, rancheros armados hasta los dientes, la Patrulla Fronteriza, e incontables ciudadanos que poseen y portan armas de fuego.
- Tiempos de crisis. En Arizona, como en cualquier estado de ese país, el orden público es facultad estatal y municipal únicamente. Arizona atraviesa por la peor crisis fiscal de su historia, y el déficit de las finanzas públicas ha golpeado con especial dureza a las facultades preventivas (servicios de salud mental) y punitivas (policía). Caldo de cultivo que facilita acciones como las del 8 de enero.
- Donde pongo el ojo…. La tradicional oscilación del péndulo político estadounidense tiene un elemento adicional desde 2008: el péndulo acarrea más peso hacia la derecha. El extremismo del Tea Party se ha combinado con la radicalización de la derecha republicana, y emulsionado con fuertes capitales privados (banca, iniciativa privada, etc.) No es coincidencia que Obama haya sustituido al político Rahm Emanuel por el banquero Bill Daley como Jefe de Gabinete: la política está caliente. La siempre controvertida Sarah Palin, durante las elecciones del 2008, había escogido a la congresista Giffords entre varios de los “blancos” seleccionados por el Tea Party como objetivos electorales. La imagen de la mirilla de rifle, colocada sobre el distrito de Giffords, contiene una carga psicológica enorme.
- Rara avis. Giffords, por sí misma, es un personaje inusual en la política de Arizona. Judía, Giffords es una demócrata moderada en un territorio republicano, que lo mismo defiende la Segunda Enmienda (que como explicábamos párrafos arriba garantiza el derecho a portar armas), que apoya una reforma migratoria. No era la primera vez que la amenazaban.
- El asesino solitario. Muchos medios de comunicación han adoptado de forma casi unánime una clara estrategia: descontextualizar el atentado y despolitizar el discurso. La masacre de Tucson es ahora vista como la obra de un loco que actuó de manera individual, urgido por su percepción distorsionada de la realidad. No hay contexto político, no hay búsqueda de razones en el complejo entramado político, social, económico y cultural de Arizona. Como en los casos de John y Robert Kennedy, Martin Luther King, o Ronald Reagan, el tirador es un ente solitario. La censura/autocensura traslada los hechos al campo de lo psicopatológico. Es el individuo quien está enfermo, no la sociedad ni el discurso político, por ello es impensable cuestionar la cultura armamentista.
- 7. Plaza tomada. La consecuencia de estos hechos de violencia extrema es la pérdida de los espacios públicos. En los barrios negros y latinos de Estados Unidos, las calles están tomadas por narcos armados; el ciudadano se encierra en sus casas y sus armas son su única defensa. La policía, garante de la plaza pública, es impotente o indiferente. En Tucson, la congresista Giffords cumplía su labor favorita – dialogar con sus votantes en un espacio público – cuando fue atacada. El espacio público no es igualitario si parte de los habitantes están armados. Las calles son testigos mudos y solitarios del avance de la violencia, y la huida aterrorizada de la sociedad civil.
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