‘Miss Bala’


Por Juan Villoro, publicado en Reforma

¿Cómo narrar la violencia? En 1959, después de 10 años dedicados por Colombia a contar 300 mil cadáveres, Gabriel García Márquez reflexionó en lo malas que eran las novelas sobre el tema. La falla estaba en la reproducción mecánica del horror: “El exhaustivo inventario de los decapitados, los castrados, las mujeres violadas, los sesos esparcidos y las tripas sacadas y la descripción minuciosa de la crueldad con que se cometieron esos crímenes, no eran probablemente el camino que llevaba a la novela”. La lección no aprendida era que el espanto más profundo siempre es mental.

Gerardo Naranjo ha comprendido a la perfección esta premisa. Desde su primera película, Drama/Mex, había mostrado su destreza para crear intensas situaciones narrativas en espacios reducidos y con mínimos elementos. Aunque esa primera cinta se veía lastrada por cierta desorganización argumental y diálogos que en su afán de ser “naturales” calcaban los titubeos del lenguaje coloquial, revelaba una mirada única.

En Miss Bala Naranjo construye una historia de impecable rigor para recrear el violento clima mexicano. Lo más significativo de su estética es que entiende la dimensión psicológica del miedo. En un momento en que la sangre escurre de los periódicos, Miss Bala se ocupa de algo inexplorado: la vida secreta del pánico, la forma en que el crimen invade la cotidianidad y corroe mentalmente a personas ajenas a los hechos delictivos.

Por insistencia de una amiga, la protagonista de la película se presenta a un concurso de belleza. No tiene mayor interés en el asunto; acepta por la resignación con que aceptamos tantas propuestas de los amigos. Sería difícil decir que comete un error. Después de inscribirse en el certamen, asiste a un sitio donde beben unos conocidos de la amiga. El ambiente, entre policiaco y perdulario (términos que por desgracia pueden ser sinónimos), alerta a la protagonista de que, ahora sí, ha cometido un error. De nuevo actúa en forma común: puesto que ya está ahí, decide quedarse un rato y partir. Pero ha cruzado una frontera decisiva, la línea de sombra de la que no hay retorno.

No contaré una trama que depende del suspenso. Baste saber que sobreviene una balacera y la esquiva aspirante a Reina de la Belleza cae en una red del crimen organizado.

Miss Bala refleja una realidad donde abrir la puerta equivocada altera el destino para siempre. No es casual que Naranjo ubique su historia en la frontera. La acción trata, precisamente, de pasar de una realidad a otra. La vida privada de la protagonista se ve invadida por el crimen. Esto lleva a una situación aún más alarmante: poco a poco, el oprobio se instala como otra forma de la cotidianidad (mientras unas camionetas se enfrentan a tiros, las actividades de una gasolinera prosiguen como si nada, con la indiferencia de la vida diaria). La violencia no es la excepción. Con un escalofrío superior al de contemplar un cadáver, entendemos que es la regla.

Naranjo no viste a sus personajes con camisas de Versace ni los hace oír narcocorridos. Ajeno a todo folclor, narra algo más grave: la normalidad del mal.

En su texto sobre la narrativa de la violencia, García Márquez observa que la descripción de la muerte no provoca tanta emoción como el efecto, contradictorio y múltiple, que eso puede tener en los vivos: “La novela no estaba en los muertos de tripas sacadas, sino en los vivos que debieron sudar su hielo en su escondite, sabiendo que a cada latido del corazón corrían el riesgo de que les sacaran las tripas”. Es, justamente, la perspectiva que asume Naranjo. Su historia avanza con el pulso cardiaco de la vida amenazada.

La pista sonora es otro acierto. No introduce las citas obvias de la música popular ni procura reforzar la tensión con sintetizadores de espantoso efecto. También los sonidos llegan con rota naturalidad.

El vértigo persecutorio y el tono paranoico de la cinta se acercan a la serie 24. Detrás de cada puerta, alguien aguarda. Todos los personajes están construidos desde la exterioridad (cuando se trata de salvar el pellejo, importa poco lo que dices). Quizá el mayor momento de introspección sea el del narcotraficante que ejerce mejor su masculinidad con las balas que con su organismo. Los villanos de Naranjo (ya sean militares o narcos) no tienen las manos teñidas de sangre ni almuerzan el hígado de su enemigo. Lo terrible es que son perturbadoramente comunes.

En esta película donde la acción nubla la conciencia, el poder depende de decidir los hechos. Todo lo que le sucede a la protagonista, incluida su coronación como Miss, está al margen de su albedrío. Naranjo retrata la invasión íntima de la violencia, que anula la voluntad, y el engañoso mecanismo que suscita: disparos que sólo se combaten con disparos.

En cualquier calle del país un coche se puede detener como un oscuro emisario del destino. ¿Quién bajará de ahí? ¿A quién subirán? Esa incertidumbre determina Miss Bala, impecable retrato del aire cargado de polvo, caos, impunidad y miedo que determina la hora mexicana.

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