Nueva fase: decapitados en la capital


Por José Carreño Carlón, publicado en El Universal

Hay señales inequívocas de que, lejos de ceder, la crisis nacional de inseguridad entra en una nueva fase de mayores riesgos. Cada vez hay más claros signos de afincamiento de la violencia criminal en la capital de la república y más claras evidencias de la actuación de grupos paramilitares, como los que complicaron, en lugar de resolver, el problema de las narcoguerrillas colombianas.

Respecto a la irrupción del activismo del crimen organizado en el DF, allí están las cabezas humanas dejadas el lunes a unas cuadras de la Sedena, la balacera dos semanas atrás, con tres muertos, como de taberna del viejo oeste, sólo que en un restaurante de Polanco, y la revelación más reciente de que policías federales controlan el tráfico de cocaína desde el aeropuerto del DF.

Y respecto a la salida a escena de alguna forma de escuadrones de la muerte, las dudas se disipan con los datos que diferencian los patrones de tortura y asesinato de los gavilleros de los rastros dejados por los presuntos paramilitares. O, acaso más inquietante: no se trataría en rigor de paramilitares, de acuerdo con otros análisis de su armamento y su porte, sino de miembros de las fuerzas de seguridad (marinos o soldados) disfrazados de paramilitares.

Pero hay algo peor: estos datos han sido reforzados con los dichos, primero, del secretario de Marina sobre la desventaja de tomar vivos a los presuntos maleantes. Y, más recientemente, del gobernador veracruzano sobre la muestra de eficacia de combate al crimen que habría significado el reguero de 35 cadáveres dejado hace unos días en una avenida de Veracruz por alguno de esos grupos misteriosos.

¿Insurgencia criminal?

El panorama aparece más complicado en los primeros planos de los medios nacionales e internacionales de estos días. Junto a las cabezas del Periférico aparecen otros tres cuerpos mutilados en Torreón, más los cadáveres de cuatro supuestos templarios tendidos junto a una mujer que pasaba, en Yurécuaro, Michoacán. Todo entre imágenes de estado de sitio con aparatosas fuerzas de seguridad en las calles tanto de Acapulco como Guadalajara.

Aquí nos suena mal el concepto de “insurgencia criminal” que adoptó el Departamento de Estado estadounidense, para describir la pérdida de control del gobierno mexicano sobre las bandas criminales. Ello se explica por la resistencia mexicana a la comparación de los criminales de hoy con los insurgentes de 1810-1821, lo cual se completa con la resistencia a lo que sigue: el amago de invasión del gobernador texano y aspirante a la presidencia de ese país, Rick Perry, para alejar el peligro que representaría esa insurgencia criminal mexicana para la seguridad nacional estadounidense.

La gran regresión

Pero sobre el discutible uso de la palabra insurgencia está la propensión de insurgentes y revolucionarios mexicanos -junto a invasiones externas y otras plagas, como la del narcotráfico- a controlar la ciudad de México como trofeo de victoria final. Hidalgo se arrepintió de hacerlo en Cuajimalpa. Una columna de la invasión estadounidense se anunció desde la entonces lejana Barranca del Muerto. Igual que las llamas que anticipaban desde el Ajusco la llegada de las tropas zapatistas hace 100 años, podrían ser equivalentes -sólo como anuncio de su arribo- a las señales que hoy envían de su irrupción en la capital las bandas criminales con las cabezas humanas del Periférico, las balaceras en las Lomas y Polanco y el tráfico de cocaína desde el Aeropuerto “Benito Juárez.

Todo ello nos remite al tamaño de la regresión de hoy a los climas de inseguridad y violencia de siglos atrás. Y sea que se califique a la invasión de las bandas al DF como fase culminante de la “insurgencia criminal” o de la expansión de las guerras por el control territorial del crimen organizado, lo cierto es que el capitalino puede aproximarse a un escenario de activismo criminal y movilización militar comparable a otros escenarios (y otras épocas) de guerra en territorio nacional.

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