Un gobierno de pantalla


Por Epigmenio Ibarra, publicado en Milenio

Carente de legitimidad de origen. Incapaz de armar los consensos mínimos que un buen gobierno exige. Plantado frente a un país, en el que él mismo sembró la división y la discordia, a Felipe Calderón Hinojosa no le quedaba más remedio que hacer del suyo un gobierno de pantalla. El montaje que hace años ordenó Genaro García Luna, entonces jefe de la AFI, y luego, ya con Calderón, poderoso secretario de Seguridad Publica, fue sólo el inicio.

La simulación de una operación de rescate de rehenes y captura de secuestradores ante las cámaras de tv, fue al mismo tiempo anticipo y primer síntoma de la adicción a la propaganda de este gobierno que hoy agoniza.

Y si el montaje de esta operación simulada condujo a la corrupción de un proceso judicial y a la eventual excarcelación de una presunta secuestradora, el de la “guerra” de Felipe Calderón contra el narco sólo ha servido para incrementar exponencialmente la violencia en el país, poner a la tropa en la calle y transformar a los cárteles en temibles fuerzas de combate.

De pura pantalla fue en un principio —hace ya cinco años— la declaración de guerra que le hizo al narco Felipe Calderón. De pura pantalla digo porque inició, de cara a las cámaras de tv, operaciones en Michoacán sin calcular el resultado de las mismas y pensando sólo en su “imagen publica”.

Le venía bien a un mandatario y a un gobierno cuestionados e incapaces, ayunos de resultados en casi todos los órdenes, embarcarse en una cruzada.

Solo a partir de un conflicto armado, de la urgente salvación de la patria, envolviéndose en la bandera nacional, manchada, claro, con la sangre de otros, podía Calderón convocar a la unidad nacional.

Solo la violencia y el miedo, pensó como en otros países y en otros tiempos lo hicieron otros regímenes autoritarios, podían unir a los mexicanos.

Pese a que hoy lo niegue, fue el propio Felipe Calderón quien habló, irresponsablemente, invocando demonios que hoy nos poseen, de “guerra” y también de “cruzada” y luego de “limpiar” al país.

Rentable resultaba y aún resulta la arenga patriótica exaltada, la satanización de la crítica, la incitación al linchamiento de los opositores de la guerra y los adversarios políticos.

Rentable resultaba y aún resulta disfrazarse de general, organizar desfiles, subirse en blindados, aviones de combate, montar un caballo blanco frente a la tropa, para hacerse de una imagen de caudillo.

Para crear en la población la sensación de que las cosas están mejor porque la tropa esta en la calle aunque en Michoacán, Ciudad Juárez, Tamaulipas, Nuevo León —ejes del esfuerzo principal en términos militares— vayan de mal en peor.

La discreción y la sorpresa, la rapidez y el sigilo en el desplazamiento de la tropa —esenciales para el éxito de una operación— fueron sustituidos por el escándalo mediático.

Por la pantalla se enteraban los ciudadanos que el Ejército llegaba a salvarlos; por la misma pantalla se enteraban los criminales que venían por ellos, cuántos eran quienes venían a combatirlos; quién los mandaba; cómo venían armados.

Y la presión de la pantalla se hizo sentir entre la tropa y comenzaron los mandos a actuar también de cara a la misma. Presionados para entregar resultados prescindieron del trabajo de inteligencia y se decidieron por la fuerza bruta.

Presionados para producir capturas y bajas enemigas comenzaron a actuar sin protocolos adecuados. Su poder de fuego los convirtió —elefantes en cristalería— en un peligro creciente para la población civil al tiempo que obligó a los narcos a escalar el suyo.

Intactas las vías de aprovisionamiento logístico y financiero al narco se le hizo fácil hacerse de armamento pesado. Intacta también su base de apoyo e intactos sus contactos dentro de las fuerzas federales comenzó a burlar fácilmente los dispositivos y aprendió a operar en medio de la tropa.

De nuevo fue la pantalla, los intereses y las necesidades propagandísticas de Felipe Calderón fueron los que se impusieron en el diseño y la ejecución de las operaciones.

A las bajas propias, a la incapacidad del aparato judicial de procesar y condenar presuntos delincuentes, reaccionaron las fuerzas federales con una política de no hacer prisioneros.

Se produjeron entonces —se siguen produciendo ahora y contra la lógica de las operaciones militares— más muertos que heridos en combate. El “se matan entre ellos” se volvió coartada de escuadrones de la muerte y grupos paramilitares.

Acostumbrados a huir o a rendirse contando con que la corrupción del sistema judicial le permitiría, muy pronto, estar libres y en el peor de los casos operar desde los penales, los narcos comenzaron a enfrentar a la tropa para salvar el pellejo.

Como no se les disputó a los capos —esa no es una batalla rentable mediáticamente— la base social su inagotable capacidad de reposición de bajas —a punta de plata o plomo— profundizó el conflicto e incrementó el número de muertos.

Muertos sin rostro, sin nombre propio e historia, a los que se niega visibilidad pese a que son la dolorosa y trágica evidencia del fracaso de una guerra que ya no se libra sólo en la pantalla, en ese único territorio en el que Felipe Calderón, mirándose al espejo, cree gobernar.

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