Violencia, periodismo y trauma


Por Mauricio Meschoulam, publicado en El Universal

Me dicen algunos colegas académicos que de tanto juntarme con periodistas, ya parezco uno de ellos. Qué honor que me digan eso, les respondo, quizás algún día me acepten en el gremio. Los periodistas son seres humanos como cualesquiera otros seres humanos, sujetos al mismo tipo de condiciones psicosociales que los demás, y a muchas otras que son bastante más severas por la naturaleza de su profesión. En un entorno violento como el que México vive su ardua labor los coloca como testigos ante situaciones difíciles de describir y sin embargo, un gran número de ellos hace un esfuerzo titánico por lograr la mayor objetividad posible en el recuento de los sucesos, muchas veces tragedias que conllevan sangre, horror y muerte. Pero el ser objetivos escapa a sus manos, porque no son objetos, sino sujetos.

El debate acerca de la posibilidad de contar las cosas “tal y como sucedieron” es una discusión que sostuvieron y superaron los historiadores hace ya décadas. Como lo describe Edgar Morin (1999), no podemos aprehender la realidad de una manera transparente evadiendo los errores e ilusiones mentales y racionales. Porque nuestra forma de leer y entender eso que creemos que es la “realidad” pasa, a veces consciente y otras inconscientemente, por una serie de filtros entre los que se ubican nuestras propias condiciones materiales socioeconómicas, históricas y culturales, pero también nuestras circunstancias bio-antropo-físicas y psicológicas. Nuestros propios fantasmas, espíritus, nuestras propias distorsiones. Los periodistas como todos, también están sujetos a este tipo de incidencias. Es fácil enunciarlo. Lo que no siempre es sencillo es medirlo y documentarlo.

Hace ya más de un año que en mi blog personal expliqué cómo funcionaba este mecanismo y cuáles eran los motivos por los que los periodistas no podían simplemente “narrar los hechos” en medio del entorno que vivimos. Lo que nos cuentan en cambio es lo que ellos perciben como realidad y a lo cual asignan (consciente o inconscientemente) prioridades y valores de acuerdo con su mejor modo de entender lo que atestiguan. Y lo hacen la mayoría de las veces muy bien, sin duda lo mejor que pueden. Pero no es tan simple. Expliqué que numerosos estudios a lo largo y ancho del planeta documentaban los efectos psicosociales que también los periodistas padecen debido a su cobertura de hechos violentos, uno de los temas centrales de espacios como el dartcenter.org. Lo que nos faltaba en ese entonces era medir esta circunstancia en nuestro propio país.

Hoy esa etapa ha sido también superada gracias al estudio de Rogelio Flores (UNAM) y su equipo que se publicó en Proceso en el mes de diciembre del 2011. Ayer El Universal señala que otros expertos además de Flores también han documentado los daños emocionales (reflejados en una elevada prevalencia de estrés post-traumático) que los reporteros sufren por informar sobre la violencia. El tema se agrava ya que, de acuerdo con las investigaciones, normalmente estos periodistas no acuden a solicitar ayuda, dado que no aceptan que estén sufriendo dichos padecimientos y por lo tanto, según Flores, ello ocasiona que los síntomas tiendan a agudizarse.

La cuestión es que esto no queda únicamente ahí. El estrés, como muchas otras enfermedades, se contagia. Como lo hemos documentado en el estudio en que colaboro y que dirige el Dr. José Calderón, se puede afirmar que en México existe ya un contagio de síntomas de estrés entre la población en general. De acuerdo con nuestra investigación uno de los mecanismos principales de retransmisión de estos síntomas es precisamente el de los medios de comunicación. Existe una correlación estadísticamente muy significativa entre la presencia de síntomas de estrés y trauma y el grado de exposición a medios.

Aunando ambos tipos de estudios (los efectuados entre periodistas y los que llevamos a cabo en la población en general), podemos establecer algunas conclusiones: Los periodistas que sufren estos efectos, muchas veces sin ser conscientes de ello, sin aceptarlo, o incluso porque son forzados por sus empleadores a cubrir cierto evento que ellos en otras circunstancias quizás no elegirían, exhiben estos síntomas en su cobertura y los retransmiten a las amplias audiencias que les escuchan o les leen. En muchas ocasiones, desde su perspectiva, se trata exclusivamente de la narrativa de acontecimientos que ocurrieron tal cual, y por tanto, su trabajo es explicar lo que sucedió tal y como sucedió. El problema es que: 1) No tienen acceso a los hechos sino únicamente a percepciones de los mismos (la suya propia incluida), las cuales –hoy de manera documentada lo sabemos- se distorsionan en muchas instancias a raíz de los síntomas de estrés y trauma y 2) Al exhibir sus propios síntomas de estrés a veces contribuyen sin desearlo al contagio de este padecimiento en sus audiencias. Eso es lo que reflejan las respuestas de los participantes en los estudios. Concientizarse de este mecanismo es un primer paso, aunque no basta, hay que atender el problema.

Como lo estamos proponiendo un equipo de investigadores, la construcción de paz en México (Ver México Con-Paz) supone el tratamiento integral de estos síntomas en nuestra población. Hoy tenemos que incluir adicionalmente la necesidad de la atención a los periodistas que sufren de estos padecimientos. Sabemos que la mayor parte de ellos no acude a buscar ayuda (tema que es a su vez consistente con nuestra propia investigación en cuanto a la población en general). Por ello la propuesta que estamos elaborando, incluye lo que se ha hecho en muchas sociedades para salvar ese obstáculo.

Son tantos los frentes en los que hay que actuar, que a veces la tarea parece insostenible y por ello mejor nos quedamos quietos. Eso es precisamente lo que no podemos permitir. Si algún día vamos a encontrar las salidas a las circunstancias que nos armamos tras tantas décadas de violencia estructural, tenemos que estar mentalmente sanos como sociedad. Periodistas incluidos.

¿Usted qué piensa?

Twitter: @maurimm 

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