Balas sobre Cinépolis: Jairo Calixto Albarrán (Milenio)


Con la nación atrapada entre la paranoia y la especulación a lo CSI, la noticia es que seguimos con lo mismo en el caso Cinépolis, al que nomás le falta el ingrediente diplomático para ser como el de Tres Marías, aunque lo más seguro es que se resuelva al estilo Paulette.

Eso está bien, que mientras Cinépolis busca la manera de escapar ante las evidencias de su nula capacidad de respuesta rápida (primero se aplica la transparencia sindical que te resuelvan una emergencia), la Procu del DF trata de escurrir el bulto ante los señalamientos de valemadrismo clínico (¿no fue bonito que cerraran la sala donde se cometió el crimen después de 10 días, a ver si encontraban algún tipo de evidencia?), y el padre de la víctima hace más dudosas sus declaraciones que las justificaciones prianistas sobre la reforma laboral, la sociedad en su conjunto debata si hacerle caso al amarillismo y la histeria colectiva para decidir ir o no al cine. Sobre todo ahora que cuentan que ahí han ocurrido otros desaguisados trágicos.

Falta que alguna lengua viperina pero bífida asegure que fue en el cine donde los panistas decidieron traicionar a los perredistas, Attolini aceptó cambiar de causas y los Pumas dejaron olvidados los goles.

Pero lo mejor ha sido saber que luego de sesudas investigaciones, la Procu del DF ha determinado que la bala fue disparada desde afuera del cine, que penetró por el techo que es de fibra de vidrio, viajó hacia el interior de la sala y le dio al pobre chico. No manchen, casi supera a la bala que acabó con Kennedy.

Gracias por documentar nuestro sospechosismo.

O sea que los que deben estarse riendo son los que juegan al tiro al blanco en ese local, que parece tener la consistencia de las finanzas acapulqueñas.

Sobre todo que mientras el espectáculo de negligencias se trepa a la mesa que más aplaude, en otros lugares las instituciones y las personas asumen su responsabilidad: aunque no haya sido en su año, los escándalos de pederastia en la BBC desembocaron en la renuncia del director general y de varios funcionarios, fundamentalmente, por hacerse bueyes, como aquí comprenderán.

Cómo estarán las cosas que las más recientes reflexiones de Calderón hasta parecen de un auténtico estadista. Sobre todo cuando afirma, ufano, que la legalización de las drogas le restaría autoridad moral a Estados Unidos.

Así, los émulos del inspector Bazbaz seguramente nos harán saber que todo fue un compló entre las palomitas, la pantalla y el cártel de las butacas.

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