Cinépolis, ¿contagiado de indolencia?: Salvador Camarena (La Razón)


El primer comunicado de Cinépolis sobre la muerte, por una herida de bala producida en una de sus salas, de un niño de diez años, me llegó vía correo electrónico al mediodía del lunes. Fue emitido varias horas (demasiadas diría yo) después de que al amanecer de este lunes salió a la luz el tema en los ejemplares y en la web de La Razón.

De esa primera comunicación llaman la atención tres cosas. Es escueto (245 palabras en Word), es muy frío (está titulado “Postura incidente Cinépolis Plaza Iztapalapa”) y es muy poco solidario (identifican de refilón y bien avanzado el texto a Hendrik, a quien no llaman niño sino “menor”).

El segundo comunicado es más bien un agregado. Llegó pasada la medianoche, a la 1:37 horas del martes. En esta actualización hay un cambio notable: hablan desde el primer renglón del “lamentable caso del menor Hendrik Cuacuas”.

Es un texto de 135 palabras que buscaba comunicar que Cinépolis colabora plenamente con las autoridades —ya da cuenta de que la sala fue clausurada y habla de declaraciones voluntarias de su personal ante las autoridades— y manifiesta, finalmente, su solidaridad y respeto con la familia Cuacuas.

El tercer comunicado, y último envío por lo menos hasta las 6 pm, hora en que se redactó esta columna, ya da muestras de que día y medio después de la exclusiva de La Razón la gente de Cinépolis entendió que estaba metida en una crisis mayor. Es un documento de 610 palabras y, en total contraste con el primer texto, dos veces desde el arranque del boletín lamentan la muerte de Hendrik.

Uno puede creer que los directivos de Cinépolis dicen la verdad cuando señalan en el tercer comunicado que tras llevar al niño al nosocomio su personal asumió que la “emergencia médica (se había) solucionado satisfactoriamente”. Pero, como en otras tragedias, una cosa es la naturaleza de la crisis —en este caso el confuso origen y consecuencias de la lesión— y otra muy distinta el manejo de la misma, que ha sido muy pobre si uno atiende para empezar las zigzagueantes comunicaciones aquí reseñadas.

Alejandro Ramírez, cabeza del grupo Cinépolis, es conocido por su apoyo a iniciativas que buscan la mejora de la sociedad. Por mencionar sólo una, tuvo un rol fundamental en la producción y la difusión de Presunto culpable. Por eso sorprende que la respuesta de su empresa no haya sido mucho mejor desde el principio.

Que las autoridades del Distrito Federal no investiguen la muerte de un niño por un disparo a mí no me extraña. Es el patrón nacional. Pero podríamos preguntarnos hasta dónde están contagiados del mismo desdén frente a las tragedias los empresarios de nuestro país.

Sería lamentable que Ramírez se sumara a esa tradición de los patrones que, como en los casos de la mina de Pasta de Conchos o de la Guardería ABC, brillan por su ausencia cuando más se les requiere.

Ramírez aún tiene margen para mostrar cómo debe actuar un empresario ante una tragedia.

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