Álvaro Cueva.- Distráiganse con Cinépolis (Milenio)


Por Álvaro Cueva (Milenio)

Estoy impresionado por todo lo que se ha dicho alrededor de la muerte de un niño en una sala de cine de la Ciudad de México.

¿Por qué? Porque se me hace una suerte de sensacionalismo, de ponerse a hablar de una cosas para no hablar de otras y de linchamiento mediático en contra de una empresa muy específica.

Ahora resulta que muchos de nuestros más importantes espacios periodísticos están alarmados por esa pavorosa costumbre que tenemos en América Latina de amenizar nuestras fiestas tirando balazos y de las pésimas condiciones de nuestros cines.

¿Por qué si esto les hace tanto ruido jamás se habían pronunciado al respecto? ¿Por qué si esto los tiene tan preocupados se tuvieron que esperar a que muriera un menor de edad para poner el grito en el cielo?

¿Qué hubiera pasado si ese niño no hubiera muerto en una sala cinematográfica?

¿Qué hubiera sucedido si ese muchacho, como cientos, no hubiera perdido la vida en las instalaciones de un importantísimo cliente potencial?

¿Qué hubiera pasado si el muerto no perteneciera a una de las delegaciones más emblemáticas del poder perredista? ¿Qué hubiera sucedido si esto hubiera pasado en el campo, en una choza, entre campesinos?

¿Hubieran hecho el mismo escándalo? ¿Hubieran llevado y traído a abogados, a académicos, a delegados, a analistas políticos y a expertos en seguridad pública?

¿Qué hay detrás de esta historia? ¿Por qué tanta molestia? ¿Por qué tanta inversión de tiempo y de dinero? ¿Por qué?

Para mí ésta es una nota roja más del montón porque, sí, es muy doloroso que te toque una bala perdida (en 1980 yo estuve a punto de recibir una en un barrio residencial de Monterrey), pero es nada en comparación con otras historias, peor de graves, que se están generando no nada más en la delegación Iztapalapa, en todo México.

Primer error: el de la gente de Cinépolis, pero no por no obedecer sus protocolos internos, por no haber hecho un escándalo mediático.

¿Por qué no abrieron la boca? ¿Por miedo a perder clientes? ¿Por temor a manchar su imagen? ¿Por miedo a la venganza de los responsables de esos actos?

Pues qué mal porque, salvo honrosas excepciones, a nadie le importa ir a un cine de una marca donde hubo muertos (¿vio usted el comportamiento de las salas el día de ayer?), porque el incidente no tuvo nada que ver con ellos y porque el silencio en lugar de alejar las venganzas, las alimenta.

Si los ejecutivos de esa empresa hubieran reaccionado como se tiene que reaccionar en estos casos, la bronca no hubiera sido del cine, hubiera sido de la autoridad.

Como no lo hicieron, ahora les va a salir muy caro el chiste. No van a perder clientes, pero van a gastar una fortuna en todo, desde la remodelación de sus salas hasta campañas de relaciones públicas y publicidad.

Segundo error: el de la estrategia mediática. Usted no está para saberlo ni yo para contarlo pero en este negocio existe algo que dice que la mejor nota es la que no se publica.

Como que alguien quiso que no se publicara la nota del niño muerto en Cinépolis, como que no le salió (o no pagó lo que le pedían) y el resultado fue una avalancha de cuestionamientos que parece que nunca va a tener fin.

¡Ahora resulta que Cinépolis es una corporación tan diabólica que hasta maltrata a sus empleados! ¿Qué tiene qué ver esto con el caso del niño muerto? ¿Qué?

Y es que, ¿a cuántos medios no les hubiera gustado ganarle la publicación al periódico que dio la nota? ¿Cuántos no vieron vulnerados sus intereses?

Fíjese todo lo que se hubiera evitado si, desde el principio, los expertos de Cinépolis hubieran actuado tal y como te enseñan en las clases de comunicación organizacional.

Tercer error: convertir esto en un espectáculo. Dígame la verdad, ¿usted encuentra alguna diferencia entre esta historia y casos como el de la niña Paulette?

Que si la bala entró por aquí. No, que entró por allá. Y luego que el techo, y después que los vecinos, y al rato que no era la primera vez, y más tarde que si mira todas las balas que se encontraron.

Y que hable el papá, y que hable el barrendero, y “que pase el desgraciado”. ¡Puro entretenimiento! ¡Puro

rating! ¡Puro negocio!

Lo más triste es que ya sabemos en lo que va a acabar este cuento y que un niño tuvo que morir para regalarnos toda esta diversión. ¿A poco no?

Nota Original

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