NO: el poder y la publicidad.


Publicado en 24 Horas por Alejandro Alemán

El tercer largometraje del chileno Pablo Larraín, resulta en una suerte de fotografía de las democracias de América Latina. Al hacer la crónica del famoso plebiscito chileno de 1988 -aquel que sometió a elección popular la permanencia en el poder del dictador Augusto Pinochet- Larraín describe muchas de las prácticas, vicios y taras que las democracias latinas repiten a cada nuevo proceso electoral que se avecine.

Basada en un texto original del escritor Antonio Skarmeta, la cinta se centra en René (Gael García) creativo de una agencia publicitaria, padre de un pequeño de 10 años y ex marido de una activista; quien es buscado por un viejo amigo de su padre (a la postre disidente) para pedirle asesoría en la campaña por la opción del NO.

Y es que, tras una fuerte presión internacional, el régimen de Augusto Pinochet no tuvo de otra más que aceptar la realización de aquel ejercicio donde los chilenos tenían que responder una y sólo una pregunta: ¿Pinochet debe seguir en el poder? ¿SÍ o NO?

Ambas opciones tenían derecho, por ley, a quince minutos diarios de transmisión en televisión abierta para convencer al auditorio. Tras ver los anuncios de la coalición de izquierda (mamotretos infumables que arengaban en pos de la indignación por la constante represión estatal), René propuso un enfoque diferente: hacer una campaña alegre, colorida, incluso con un jingle pegajoso (“la alegría ya viene”) que alentara a la gente a votar. En resumen, la propuesta de René no distaba mucho de las campañas que él hacía para vender papas o refrescos.

Aquella propuesta, sobra decirlo, fue vista como una falta de respeto “para el movimiento” y para “los muertos en la lucha”. No obstante, habría que recurrir a todas las estrategias posibles si en realidad se buscaba derrotar al dictador.

Larraín no toma partido, su cinta resulta en un retrato certero y sin concesiones del espectro político chileno. Así, muestra a la facción gubernamental en todo su esplendor autoritario, reprimiendo marchas, haciendo guerra sucia con sus spots, intimidando a los publicistas de la facción contraria, sembrando miedo a la vez que mostraban a un Pinochet vestido de civil, sonriente y presumiendo los grandes logros de su dictadura: “En Argentina quisieran a un Pinochet”.

Pero también muestra a la facción del NO sin maquillaje alguno: radicales, desorganizados, sin estrategia clara, divididos, reacios a tomar nuevos rumbos y aceptar nuevas ideas; toda una imagen que engloba a la perfección a las izquierdas latinoamericanas.

La batalla televisiva entre ambos bandos resulta tan emocionante como esclarecedora; son reconocibles en esos spots ochenteros (el director utiliza los materiales originales de la época), muchos de los anuncios que hemos visto (o padecido, según se vea) en las pasadas elecciones electorales mexicanas. Spots como el famoso “un peligro para México”, o tan alegres como el “sonríe, vamos a ganar”, tienen su origen en aquel plebiscito chileno.

Al final, Larraín apunta al futuro, dejando al aire varias preguntas que calan hondo: ahora que nos deshicimos de Pinochet… ¿hay más justicia?, ¿menos pobreza?…o en otras palabras, ¿la alegría realmente llegó a Chile?

Nota Original

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