Dos nuevos libros de Marco Lara Klahr (El Financiero)


Por Juan José Flores Nava, El Financiero

Podrían, en apariencia, ser contradictorios. Pero nada más erróneo. Los libros más recientes de Marco Lara Klahr demuestran que la teoría no tiene por qué oponerse a la práctica. Pues mientras uno sirve de guía para ejercer un periodismo profesional y respetuoso de los derechos de los ciudadanos, el otro es un amplio reportaje -cero juicios mediáticos- sobre la extorsión en México.

Mientras en ¡Son los derechos! Manual para periodistas sobre el sistema penal acusatorio Marco Lara Klahr aporta “pautas sencillas, realistas, prácticas e interesantes para informar sobre el delito, los conflictos y la violencia con eficacia, ética y legalidad a sus comunidades”, en el reportaje Extorsión y otros círculos del infierno (Grijlabo) exhibe de manera descarnada (pero sin erigirse en tribunal paralelo) la violencia, el terror, el cinismo y la impunidad con la que actúan las bandas del crimen organizado, tanto en la calle como desde el gobierno y las instituciones de seguridad pública.

La exacerbada crueldad con la que actúa la delincuencia, la impunidad, la falta de justicia, la estupidez gubernamental, la inescrupulosa actuación de buena parte de las empresas informativas y la precariedad en que suelen laborar los periodistas propiciaron que los medios de comunicación se convirtieran, en las últimas décadas, en verdugos mediáticos al estilo (y de la mano) del decrépito sistema de justicia penal inquisitorio. Ante la incapacidad del Estado mexicano de brindar seguridad y justicia a los ciudadanos, tribunales mediáticos se levantan a diario por doquier (en los espacios noticiosos) criminalizando y estigmatizando a miles de ciudadanos “presentados” por la autoridad como delincuentes. Con ello no sólo se viola sistemáticamente el debido proceso de los detenidos, sino que, además, se clausura la posibilidad de que las víctimas y su familia reciban justicia. El caso de la francesa Florence Marie Louise Cassez Crepin es el mejor y más reciente ejemplo de ello.

Por eso, en ¡Son los derechos!… (Programa de Apoyo en Seguridad y Justicia, USAID México) Marco Lara Klahr escribe: “Las ‘presentaciones’ de personas imputadas de delito suelen ser organizadas por las autoridades policiales y judiciales con base en prácticas previas que constituyen tortura, tratos crueles y degradantes y otros abusos sancionados a su vez por leyes penales y causantes de severos daños psicosociales en dichas personas, sus familias y su comunidad.”

Y los periodistas y medios, al seguir el guión montado por las autoridades, a la vez que legitiman un sistema de justicia penal incapaz y corrupto, invisibilizan sus problemas estructurales, que se expresan, apunta Lara Klahr, en un deficiente acceso de los mexicanos a la justicia, lo que da como resultado la no restitución del daño a las víctimas y sus familias, impunidad, y prisiones sobrepobladas. Un dato nada más: de las 220 mil personas que en promedio aloja de manera permanente el sistema penitenciario, el 42 por ciento no ha sido juzgada (está en prisión preventiva).

-Esto debiera bastar -dice ahora en entrevista Marco Lara Klahr- para obligar al periodista a conocer y aplicar, en su ejercicio profesional, toda una serie de herramientas, saberes y experiencias mínimas que defiendan tanto los derechos de las víctimas como de los imputados de algún delito. Tendría, pues, que haber un estándar mínimo entre el gremio, particularmente en el caso de quienes tratan temas de seguridad ciudadana y justicia penal. Y eso no necesariamente se consigue a través de leyes. Hay muchas maneras en que las sociedades construyen estándares para mejorar el nivel del periodismo: los colegios de periodistas, las asociaciones de periodistas…

-¿Las universidades han participado en ello?

-No. Para nada. Las universidad se dedicaron primero a formar periodistas en la visión más anacrónica de los géneros periodísticos; luego, cuando ya no les resultó redituable, abandonaron el periodismo o se quedaron en las catacumbas de éste; es el caso, por ejemplo, de la Carlos Septién García y, en gran medida, también de la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM. Es obvio que el periodismo en México ya cambió desde que Carlos Marín y Vicente Leñero publicaron su manual. La globalización, entre otros procesos, ha generado intensas transformaciones de la industria noticiosa y del ejercicio periodístico. No se trata de denostar lo pasado, sino de decir que la complejidad social impone hoy un periodismo que maneje están- dares altos, particularmente, como decía, en el caso de los temas de seguridad ciudadana, justicia penal, delito y violencia. Porque ese periodismo sí afecta concretamente la calidad de vida de la gente. Si violan a una mujer y los medios la exhiben o si a alguien lo detienen y lo exhiben, la vida de esa persona cambia para siempre.

-Eso es parte de lo que sucede cuan- do la justicia se dirime en el espacio mediático…

-Exacto. Es lo que dice el maestro Felipe Pena de Oliveira en Teoría del periodismo: “En el periodismo no hay fibrosis, pues las heridas abiertas por la difamación no cicatrizan nunca”. Es decir, una vez que como periodista hiciste daño, lo hiciste para siempre, particularmente en la vida de las personas más débiles, a las que el Estado atropella a través del sistema de justicia penal y de las instituciones de seguridad pública y los cuerpos de seguridad. Eso nos obliga a los periodistas a tener un expertismo, unos referentes deontológicos y legales que nos permitan ejercer nuestra profesión de una manera que no revictimice a las personas.

-Por el lado contrario, ¿la profesionalización del periodista puede disminuir las agresiones en su contra?

-Totalmente. Eso está demostrado. Las políticas editoriales sensacionalistas, estridentes, criminalizantes y basurizantes del ciudadano son una fuente de violencia contra los periodistas o, por lo menos, un factor de vulnerabilidad. Si a eso le sumas las precarias condiciones laborales, resulta que los perio- distas nos hemos convertido en mano de obra barata y desechable. Es un problema bien serio.

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