Medios, violencia y percepción de la violencia: Mauricio Meschoulam (El Universal)


Por Mauricio Meschoulam, publicado en El Universal

Hace casi tres años, estando en la ciudad de Tijuana tuve una conversación con un taxista. Me hablaba de qué bien estaban las cosas por ahí, de cómo se había reducido la violencia. Me decía que él se sentía mucho más seguro en el centro de Tijuana que en el centro de San Diego. Y que eso sí, me advertía, donde la cosa estaba terrible era Monterrey. Que él no iba a esa ciudad ni si le pagaban. Esta conversación llamó mi atención y en aquél entonces descubrí que los estudios de opinión confirmaban esa mejora en la percepción ciudadana acerca de la seguridad en Tijuana. Sin embargo, en ese momento según las cifras, Tijuana tenía una tasa de 53 homicidios por cada cien mil habitantes. Monterrey, en cambio, presentaba 13.2 homicidios por cada 100 mil habitantes, cuatro veces menos. Entonces, ¿era incorrecta la percepción de la ciudadanía tijuanense? Y no, las percepciones nunca son incorrectas. Son eso, percepciones y reflejan no necesariamente el pensamiento racional, sino una compleja combinación de estímulos, emociones, sensaciones, normas, ideas, identidades, memorias, e incluso valores que son socialmente construidos. De esos temas hablamos en el blog el día de hoy.

Incremento de violencia

El incremento de la violencia en el país desde hace unos años (con sus distintos altibajos en las gráficas) es una lamentable realidad que ha tenido diversos efectos y consecuencias. Algunos de estos efectos tienen que ver con el modo en el que percibimos nuestro entorno, el papel del gobierno, el rol que juegan los medios de comunicación y las posibilidades de paz para México en el largo plazo, entre muchos otros factores. Sin embargo, medir, evaluar y comprender la realidad de la violencia como un hecho en sí mismo, no significa de manera automática entender lo que de esa realidad percibimos. A veces observamos que las cifras con todas sus alzas y sus bajas no terminan de explicar esas percepciones, o nos cuesta trabajo entender el rol que podrían o deberían jugar los medios de comunicación al respecto.

Tijuana y Monterrey como ejemplo de la percepción relativa

En el momento en que yo hablé con aquél taxista y consulté los estudios de opinión sobre Tijuana, muchos atribuimos los vuelcos en los niveles de percepción a las tendencias de las gráficas. Tijuana en ese entonces mostraba un franco declive en las cifras de violencia, mientras que en Monterrey esas mismas cifras iban en pleno aumento. Lo primero que eso nos dice es que no entendemos los datos en términos absolutos sino en términos relativos. Nuestra mente tiende a hacer comparaciones con otros momentos de nuestra experiencia y con otros sitios de los cuales escuchamos o leemos.

Pero esas percepciones en realidad escondían mucho más. Por eso nos mantuvimos investigando.

Percepciones y experiencia

Las investigaciones que condujimos a partir de entonces encuentran que asignamos un mucho mayor peso a los incidentes que vivimos o los que se viven en nuestra cercanía que a todo lo que puedan decirnos en los medios de comunicación. Mientras más gente entrevistamos, más se repiten los patrones. Tendemos a extraer conclusiones a partir de nuestra vida diaria, así como de lo que conversamos con amigos, familiares, vecinos, colegas, clientes, maestros, alumnos, y la gente de nuestro entorno en general.

Esto resulta fundamental para efectos de transmisión y retransmisión de miedo, ansiedad, pánico o estrés. Las cifras que se nos presentan y que leemos en los medios pueden mostrar incrementos o descensos en la violencia, pero si tenemos contacto directo con algún delito -mucho más si este es de alto impacto- o bien, si en nuestro entorno se habla acerca de sucesos violentos, nuestras percepciones serán moldeadas mucho más por esto que por cualquier cosa que lo contradiga. Por consiguiente, eventos traumáticos como el estar cerca de balaceras, o tener algún encuentro con cuerpos de seres humanos colgados o desmembrados, terminan siendo cruciales en nuestra percepción del entorno. Pero no solo eso. El vivir una experiencia de un robo o asalto del orden común puede a veces impactar nuestra percepción tanto como lo anterior.

Percepciones y medios: una pequeña historia

Nunca entendimos bien cómo sucedió o cuándo exactamente comenzó a suceder. Tampoco estábamos realmente preparados o capacitados. Los medios simplemente empezaron a cubrir las notas, fotografiar los cuerpos, hablarnos de las balaceras, los muertos y los cadáveres. Esto ocasionó que gente que no había atestiguado los hechos (incluso gente que vivía en zonas alejadas de donde estos hechos sucedían), pero que tenía contacto con la narrativa de los mismos (a través de textos, imágenes o discurso), también empezara a exhibir síntomas de estrés agudo e incluso estrés post-traumático.

Y claro, pasado un tiempo, ante el estrés, la gente comienza a reaccionar. Empezamos a cambiarle de canal al radio o a la televisión y dejamos de comprar periódicos. Empezamos a sentir que “los medios solo quieren vender a través de la violencia” y preferimos evadir los temas porque nos agobian.

Entonces, parece ser, alguien concluyó que la solución era disminuir, incluso en algunos casos eliminar, estos temas de la agenda pública para que los medios dejaran de hablar de ellos y conseguir con ello una mejora en la percepción ciudadana acerca del tema de la seguridad.

Ocultar la violencia

El problema es que parece ser pasamos de un lado del péndulo en donde la agenda parecía estar completamente saturada por la violencia, al otro lado donde el tema diera la apariencia de haberse desvanecido.

Las soluciones por supuesto no están en lo uno ni en lo otro. Muchos estudios muestran que el dejar de hablar de algo que la sociedad sabe de algún modo existe (y sobre todo cuando la experiencia propia o bien la conversación cotidiana se lo “confirman” a nuestra mente), contribuye a producir vacíos de información que tienden a ser llenados con rumores que solo incrementan el nivel de estrés entre la población.

Impactar las percepciones

Impactar positivamente en las percepciones en el largo plazo se logra no a través de la evasión de los fenómenos, sino a través de varias acciones que incluyen:

1. Comunicar un diagnóstico serio e informado acerca de los factores subyacentes al conflicto, las causas estructurales del mismo, así como las estrategias de corto, mediano y largo plazo diseñadas para atender la raíz del problema,

2. Según muestran nuestras más recientes investigaciones, lo anterior debe venir acompañado de políticas públicas que atiendan la construcción de paz a nivel local y experiencial. Es decir, para sentir que estamos empezando a salir del hoyo, será necesario que empecemos a experimentarlo de cerca a través de políticas que incrementen en el corto, mediano y largo plazo, los vínculos y la integración social. Esto no solo supone reducir los niveles de delito (del orden federal y del orden común), sino implementar programas e inversiones locales que van desde lo económico, lo educativo, lo deportivo o lo cultural, hasta proyectos locales de transparencia, democracia y derechos humanos, e incluye cuidar detalles como atender las coladeras destapadas que no se tapan en meses, los focos fundidos que nadie vuelve a encender, o recoger la basura que se queda días sin ser recolectada. (Estas iniciativas locales no sustituyen sino se añaden a programas regionales o nacionales, pero atienden el nivel que más parecemos valorar, la experiencia propia).

Solo eso resultará en que la conversación cotidiana gire en torno a esos temas y no en torno a cómo es que estamos peor, o cómo es que los medios o bien “exageran las cosas para vender”, o bien “ocultan la información porque están coludidos con el poder”.

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