¿Los medios deben dar voz a los asesinos? (Etcétera/México)


Por Rubén Aguilar, publicado en Etcétera

Hay quien piensa que nunca y bajo ninguna circunstancia los medios de comunicación deben dar voz a los asesinos, pero existen también especialistas que consideran que sí, bajo ciertos criterios y reglas. Es un tema complejo que tiene muchas aristas. La discusión exige responder a dos preguntas: ¿Deben los periodistas dar voz a los criminales? ¿Deben los medios de comunicación dar su plataforma para que a través de ella hablen los criminales? Aquí se ofrece la argumentación de las estas dos posturas.1

 

Sí se debe dar la voz

Esta postura sostiene que el oficio de periodista consiste en investigar y enterarse a profundidad de lo que sucede y para eso debe de ir de manera directa a las fuentes. En su trabajo debe permitir que todos los argumentos se escuchen y lleguen a las distintas audiencias.

En esta concepción al periodista no le toca, no es su tarea, decidir sobre la maldad o bondad del entrevistado. El periodista nunca será neutral, pero si debe pretender ser objetivo. Él decide en su trabajo de investigación a quién entrevistar para obtener la información que necesita y también qué preguntar. Él, en ese mismo momento, no puede ser de otra manera, traza las líneas que guían la pesquisa y los resultados que ésta habrá de arrojar.

Argumenta también que el periodista debe de obtener la mayor información posible para que en el marco que guía su investigación, ésta se pueda proponer a las audiencias y sean ellas, no el periodista, quienes decidan sobre la maldad o bondad del o los personajes entrevistados. Al periodista toca con su trabajo profesional develar cómo funciona la lógica mental del criminal.

Los defensores de esta manera de entender la función del periodista y los medios establecen dos límites claros: ningún periodista está obligado a entrevistar a un personaje que no “resiste” porque lo considera un criminal y en algunos países existen leyes que obligan al periodista a decir cómo y dónde ocurrió el encuentro con el terrorista o criminal. En ese caso se puede negar también a la entrevista, para no violar la ley o proteger a sus posibles informantes.

Esta misma posición sostiene que el periodista nunca puede ser ingenuo y debe tener muy claro cuál es el motivo que tiene un criminal para dar una entrevista exclusiva. El periodista debe cuestionar las razones y garantizar, en el marco de su propio análisis, que no va a ser utilizado por el criminal en el marco de los intereses de éste. En estos casos, siempre que se pueda, la discusión entre el periodista y sus jefes se hace necesaria. Dos piensan mejor que uno.

Una vez que se decidió la entrevista con el criminal y se analizó la pertinencia de la misma, el periodista que la consiguió no puede ser condescendiente y debe de hacer las preguntas pertinentes en el marco de su investigación. Está también obligado a contextualizar las respuestas.

Quienes asumen que entrevistar a los criminales es una tarea propia del periodista plantean –sí, es una condición sine qua non–, que éste debe tener un profundo conocimiento sobre el sujeto al que va a entrevistar y también del tema, para poder ser capaz de cuestionar y debatir con el entrevistado, y no solo ser portavoz de lo que él quiere decir.

No se debe dar la voz

Los que dicen que nunca se debe dar la palabra a los criminales sostienen que no es posible porque, entonces, se negaría la distinción necesaria entre víctimas y victimarios. Son los primeros, a través de sus familiares, quienes deben tener la palabra y en ningún caso el asesino.

Si se da la voz los criminales, éstos usarán el espacio de los medios para defenderse y justificar sus atrocidades. En este sentido los victimarios no tienen nada relevante que aportar que no sea auto justificar su proceder, que en sí mismo es absolutamente condenable.

Dar la palabra a los criminales es, aunque no se quiera, hacer propaganda del crimen y del que lo cometió. El victimario puede convertirse en “ejemplo” o “héroe” para un sector de la sociedad, por pequeño que pueda ser. Así, el periodista y los medios se convertirían en cajas de resonancia precisamente de lo que no se quiere que pase.

Esta posición asume, a diferencia de la anterior, que el periodista debe tener una postura de rechazo y repudio a los criminales a partir de su propia valoración ética. Eso mismo le impide darles voz y que ésta se oiga. De entrada hay que cortarles cualquier posibilidad de hablar. En esta visión el periodismo tiene la obligación de denunciar y condenar toda acción que atente contra la sociedad. Ésa es parte de su tarea. En la medida que los criminales, con su acción, violentan el orden social no deben nunca tener voz.

A manera de conclusión

Estoy entre quienes piensan que a los criminales sí se les debe dar voz. Eso exige un gran profesionalismo del entrevistador y una gran capacidad para poner en contexto los hechos. El periodista nunca puede conceder una entrevista a modo. Se hace también indispensable que los medios no trivialicen la información o la presenten como espectáculo. En ese momento se desvirtúa el periodismo y altera el propósito de hacer que el criminal hable.

Pienso que si la sociedad conoce bien a los criminales y sus razones esto provocará un rechazo más consciente y profundo del crimen y también comprenderá mejor el porqué de la existencia de los criminales y sus acciones y por eso mismo buscará que las condiciones que dieron origen a esas personas nunca más se reproduzcan en la comunidad en la que se vive.

En 2012 leí dos textos magníficos que hablan sobre los criminales y sus crímenes. Ambos son ejemplo de lo que se puede provocar en las audiencias cuando se deja que los criminales hablen. El primero es Matar (Instituto Sonorense de Cultura, 2011) del periodista Carlos Sánchez. Con la obra ganó la sección crónica del Premio Libro Sonorense en 2010. Sus crónicas ofrecen la versión directa, sin adjetivos y valoraciones morales, de los asesinos. El autor no juzga y hace un esfuerzo serio por entender la “racionalidad” con la que han actuado esos seres humanos que han perdido la dimensión de la realidad.

El otro es Crímenes (Salamandra, 2011) del abogado alemán Ferdinarnd Von Schirach que ha sido un extraordinario éxito editorial y se ha traducido a 30 idiomas. El texto se escribe a partir de las vivencias de este abogado defensor, que penetra no solo en los hechos, sino en la situación y, sobre todo, en la personalidad de los homicidas, que son personas comunes que en una circunstancia y momento se vieron ante una situación que terminó en el asesinato.

En el texto no hay juicios de valor. Solo una narrativa coherente de los acontecimientos, que hablan por sí mismos. Al terminar cada uno de los contundentes relatos uno se cuestiona: ¿Qué hubiera hecho yo en ese caso? ¿Ese criminal tenía otra salida? El comentario de Le Figaro sintetiza bien esa sensación: “Lo más perturbador es que, situados en las mismas circunstancias, nosotros quizá habríamos cometido los mismos crímenes”.

Nota

1 Hace tiempo quería escribir sobre el tema. La lectura del texto de Ana Carbajosa, “El dictador como fuente”, que publicó en El País, el 27 de septiembre de 2013, me hizo volver a él. Este artículo debe mucho a esa publicación

Ver nota original

 

 

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