El colapso de la narrativa (creada por el gobierno de Calderón sobre la guerra contra las drogas)/R Riva Palacio-El Financiero


Raymundo Riva Palacio  El Financiero

Felipe Calderón siempre resintió que su cruzada contra los cárteles de las drogas fuera enmarcado solamente en una estrategia de legitimidad en la Presidencia. Desde la campaña presidencial de 2006 había hablado de la necesidad de combatir a los criminales y en septiembre de ese año, ya como presidente electo, se reunió en secreto con el jefe de la DEA en Cuernavaca, en compañía de Eduardo Medina Mora -futuro procurador- y Genaro García Luna -que sería secretario de Seguridad Pública-, donde se acuñó la frase de “la guerra contra las drogas”. Para su equipo era muy frustrante que no importaba cuántas veces explicaran los orígenes de ese combate frontal a los cárteles, todo tenía que ver siempre con la necesidad de apuntalarse en la Presidencia de la República.

De la frustración, las circunstancias y la necesidad de trascendencia de aquél gran esfuerzo, nació la idea de construir “la narrativa” de esa larga lucha de seis años, que le diera sentido a los casi 70 mil muertos que dejó la guerra civil durante su sexenio. A través de sus voceros, en especial Alejandro Poiré, se fue estructurando la épica, que incluyó una intensa campaña de desprestigio en Estados Unidos articulada por él y por la entonces canciller Patricia Espinosa, que alegaba que el regreso del PRI a la Presidencia sería un paso atrás en la cooperación construida con Estados Unidos, y que se negociarían pactos con los cárteles de la droga.

La campaña de Poiré y Espinosa fue muy eficiente, y hasta la fecha hay dudas en Estados Unidos sobre las verdaderas motivaciones del presidente Enrique Peña Nieto. En paralelo se trazó desde la Presidencia de Calderón una estrategia para narrar la historia de esa lucha a través de libros y discursos. Calderón quería trabajar en ese objetivo desde la Universidad de Stanford, para la cual Poiré, con el apoyo de Beatriz Magaloni, asociada al Instituto Freeman Spogli para Estudios Internacionales de esa universidad, realizó una encuesta de casi 20 mil mexicanos sobre el tema de seguridad. El estudio sería propiedad de Stanford, aunque la pagaría el Cisen, con dinero de los contribuyentes.

Calderón fue vetado en Stanford por presiones del exembajador Carlos Pascual, a quien maltrató el expresidente, pero Poiré usó su influencia en el Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Harvard, para que su jefe fuera aceptado como investigador asociado.

Poiré se integró al Centro para Seguridad Internacional y Cooperación de Stanford, donde empezó a trabajar la encuesta del Cisen para un libro que aún no se publica. La pinza fue reforzada con Guillermo Valdés, director del Cisen hasta 2011, a quien su viejo amigo Calderón apoyó con una beca en Madrid, donde escribió su parte correspondiente de la narrativa, en la forma del libro, “Historias del Narcotráfico en México”.

 

La narrativa buscada por Calderón se ha venido cayendo en pedazos. En menos de un año el gobierno de Peña Nieto detuvo al jefe de Los Zetas, Miguel Ángel Morales Treviño, capturó al ícono del narcotráfico en México, Joaquín El Chapo Guzmán, y ha golpeado las estructuras financieras de todas las bandas criminales, con lo que la afirmación de Poiré, Espinosa y Calderón -en reuniones privadas con funcionarios estadounidenses-, no se han podido sostener. Hace unos días la narrativa recibió el tiro de gracia cuando el gobierno anunció que durante el fin de semana se había abatido a Nazario Moreno, el jefe de Los Caballeros Templarios, a quien el vocero Poiré mató hace tres años. El colapso fue rubricado el miércoles por Valdés, en una de las múltiples presentaciones que ha hecho sobre su libro.

 

Valdés explicó que haber declarado “muerto” a Moreno fue un error. “Teníamos demasiado trabajo y teníamos muchos grandes objetivos que hacían que hubiera otras prioridades”, dijo.

 

“Había suficientes evidencias para pensar (que estaba muerto). Nos equivocamos”. Dijo que las evidencias fueron proporcionadas por la Policía Federal, que dependía de García Luna, que nunca avaló lo dicho por Poiré. Valdés era director del Cisen en ese momento y responsable del acopio y procesamiento de la información de inteligencia del gobierno. Debía haber corroborado la información y presionado para que no hubiera duda. En aquel momento, recuerdan exfuncionarios de Calderón, la certeza no era lo importante, sino quién se apropiaba de la muerte de Moreno, para continuar la narrativa del combate a los cárteles de la droga. Querían que fuera la historia final de una lucha exitosa por la cual miles de muertos valieran la pena en el futuro del país, y jamás pensaron, por las razones ideológicas reflejadas en la campaña contra Peña Nieto y el PRI, que pudiera existir la posibilidad, incluso remota, que hubieran estado equivocados.

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